
OTROS
TIEMPOS. La revolución se puede hacer desde un prostíbulo.
En la Patagonia de la época, ‘La Catalana’ lo demostró. |
Un
monumento a las putas en la plaza del pueblo? Suena desopilante,
pero una estatua a las meretrices podría ser realidad muy pronto
en San Julián, villa marina de la Patagonia argentina. Algunos
estudiantes y vecinos proyectan la obra en homenaje a las pupilas
del prostíbulo La Catalana. No sería, claro, en agradecimiento a
los servicios prestados, sino un reconocimiento a su dignidad. La
que esgrimieron en 1922 cuando echaron del burdel a los militares
fusiladores que acababan de asesinar a más de un millar y medio
de jornaleros huelguistas. Hasta ese año a San Julián sólo se
lo conocía porque, en el siglo XVI, cuando aún no tenía nombre,
recaló en sus costas Fernando Magallanes, el navegante portugués
que dio la vuelta al mundo en barco al servicio de España. Muchos
de sus marineros, desesperados de hambre, se destriparon a
navajazos entre ellos.
Al
despuntar el siglo XX La Catalana abrió sus puertas en aquel
pueblo ubicado en la provincia de Santa Cruz, 1.800 kilómetros al
sur de Buenos Aires, sobre el levante de la Patagonia,
inconmensurable meseta austral barrida por los vientos furiosos de
la cordillera de los Andes y el Atlántico. Esos territorios del
fin del mundo habían sido arrebatados a sangre y fuego a los
aborígenes nativos y se habían convertido en propiedad de un
puñado de latifundistas –ingleses, escoceses y españoles-. La
mayoría criaba rebaños de ovejas, bajo la protección del
Imperio Británico, y producía lana que enviaba a la metrópoli.
Pero Londres empezó a importar lana desde Australia y Nueva
Zelanda con lo cual bajaron los precios y sobrevino la crisis en
el sur argentino, donde empeoraron las condiciones de trabajo.
Entonces
los peones de campo, en su mayoría chilenos y europeos, más
algunos argentinos, se alzaron en protestas. Las demandas
laborales eran simples: pago de salario en metálico y no con
bonos; un paquete mensual de velas, para iluminar el barracón por
las noches, y un catre para cada trabajador; botiquines con
instrucciones en castellano y no en inglés; menú más variado
que la carne de cordero como plato único, entre otras exigencias.
La negativa de la patronal a oír aquel petitorio desencadenó en
1921 una primera huelga masiva, dirigida por los anarquistas
llegados de Europa, entre ellos, el gallego Antonio Soto Canalejo,
de El Ferrol.
El
movimiento social arribó a un acuerdo con la patronal Sociedad
Rural de Santa Cruz, dirigida por el español Ibón Noya –a su
vez presidente de la ultraderechista Liga Patriótica Argentina-
pero tras el incumplimiento del pacto volvió la huelga general al
ámbito rural. Así que la legación de Su Majestad imperial en
Buenos Aires, inquieta por el cariz que tomaba la revuelta,
preguntó a las autoridades argentinas qué planeaban hacer para
salvaguardar de forma eficaz los intereses británicos. La mejor
idea del Gobierno del presidente argentino Hipólito Irigoyen
(1916-22/1928-30, krausista) fue enviar al X Regimiento del
Ejército, que se desplazó al mando del teniente coronel Benigno
Varela. Este oficial ordenó la caza y fusilamiento de los
huelguistas. Unos 1.500 trabajadores –excepto Soto, que se fugó
a caballo a Chile- cayeron muertos bajo las balas de los máuser y
fueron enterrados en fosas colectivas y anónimas. Uno de esos
osarios aún hoy está dentro de la estancia (cortijo) La Anita,
que entonces era propiedad del asturiano José Menéndez.
Aquella
orgía de sangre saltó a la luz medio siglo más tarde, en 1974,
merced al trabajo del historiador Osvaldo Bayer, que viajó a
través de la estepa austral recolectando datos y finalmente
publicó cinco tomos de su obra La Patagonia rebelde y Los
vengadores de la Patagonia Trágica. Para el epílogo de esa tarea
monumental se reservó el caso de La Catalana. «Como fusilar
había sido un oficio agotador, llegó el momento del descanso.
Varela no era nada zonzo y el 17 de febrero de 1922 autorizó a
sus hombres a ir al prostíbulo de San Julián mientras aguardaban
el barco que los transportara a Buenos Aires», rememora en una
entrevista con Crónica.
La
única derrota de los vencedores es el título del último
capítulo del relato y allí Bayer cuenta: «Se avisó a Paulina
Rivera, dueña de la casa de tolerancia La Catalana, de que iban a
ir los soldados. Pero cuando éstos se acercan al lupanar la dueña
les dice que las cinco putas se niegan. Ellos lo toman como un
insulto al uniforme de la Patria. Conversan entre ellos, se animan
y a la fuerza tratan de meterse dentro. Pero salen las cinco
pupilas con escobas y palos y los enfrentan al grito de
“asesinos”, “porquerías” y “con asesinos no nos
acostamos”. El alboroto es grande. Los soldados hacen gestos de
sacar la charrasca pero retroceden y cruzan a la acera de
enfrente. También les gritan “cabrones malparidos” y –según
el posterior parte policial- otros insultos obscenos propios de
mujerzuelas».
Aquel
quinteto de rameras, que tuvo el coraje de cerrar sus piernas como
gesto de rebelión, estaba conformado por María Juliache,
española, soltera, de 28 años; Ángela Fortunato, argentina,
casada, 31; Consuelo García, soltera, argentina, 29; Amelia
Rodríguez, argentina, soltera, 26; y Maud Foster, inglesa,
soltera, 31, y “de buena familia”, según consta en el acta de
la comisaría de San Julián, a la que las cinco fueron a parar.
Ni siquiera los músicos del puticlub se salvaron de marchar al
encierro: Hipólito Arregui; Leopoldo Napolitano y Juan Acatto,
pero enseguida recuperaron su libertad pues reprobaron la actitud
de sus compañeras de tareas.
«Las
metieron a todas juntas en un calabozo pequeño, con espacio para
un solo detenido. Les pegaron y arrojaron agua fría. Después les
prohibieron ejercer su oficio y les negaron la libreta sanitaria.
Así que al tiempo, tres de ellas se marcharon a Viedma (norte) y
dos a Ushuaia (sur). Tuvieron que cambiarse los nombres para
borrar su pasado y evitar que la Policía las siguiera
molestando», cuenta Bayer.
REGRESÓ
COMO ‘MADAMA’
Sin
embargo, 30 años después la inglesa Foster regresó a San Julián
y, ya señora mayor, volvió a La Catalana como madama. Al
historiador no le quedan dudas de que en la reconstrucción del
episodio de La Catalana contó con fuentes de primera mano:
«Además del acta policial, todo lo que sé me lo contaron dos
viejitos de San Julián que vinieron a verme. Conocían el caso
con pelos y señales. Después de que hablamos, caí en la cuenta
de que sabían tanto porque habían sido clientes del prostíbulo.
Se lo comenté y reaccionaron asustados: “Por favor, señor, no
nos vaya a mencionar”. Yo me comprometí a no revelar sus
nombres».
A
Bayer la investigación de las matanzas de trabajadores rurales
por el Ejército argentino le marcó la vida. En los años 70, el
Gobierno de la presidenta María Estela Martínez, viuda de Perón
–Isabel Perón, hoy detenida en Madrid a la espera de su
extradición a Buenos Aires- y la dictadura militar que le siguió
prohibieron la película La Patagonia Rebelde –ganadora del Oso
de Plata de Berlín en 1974- y quemaron todos los ejemplares de
sus libros con un decreto que invocaba como razón para ello
«Dios, Patria, Hogar». Por eso, con esposa y cuatro hijos,
debieron acogerse al refugio político en Alemania, donde él
vivió ocho años.
Ahora,
a sus 80 años, la sociedad argentina reconoce a Bayer como un
historiador cabal. «Yo tengo la sensación de que al final de
cuentas les vencimos –explica- porque todos los dirigentes
fusilados tienen su estatua en la Patagonia y en las tumbas
masivas hay un mausoleo y una cruz que señalan lo ocurrido.
Mientras que de los militares represores no hay ni siquiera una
placa que los recuerde». Sólo resta, pues, el monumento a las
valientes chicas de La Catalana, en cuyo viejo edificio casi un
siglo después funciona algo parecido, aunque con otro nombre y
maquillado de discoteca.
Actividades
-
Ubicar
en tiempo y espacio la historia principal.
-
Diferenciar
la historia principal y las secundarias
-
Investigar
acerca de la vida del autor del texto, Osvaldo Bayer
-
Escribir
una breve reflexión acerca de lo leído.
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